Sami sobrevivirá también al desierto de cemento

El ritual por el Día de los Muertos fue prohibido por los españoles. Pero en varios lados de América Latina los indígenas lo han salvado de alguna manera, también en Ecuador. Reportaje desde un cementerio donde la gente honra a sus antepasados y redescubre su propia cultura.

Calderón, Ecuador. – Quizás tiene que ver con Sami que el Taita mantiene su calma. Porque el hombre vestido de blanco se ha preparado toda la semana para este día, ha comprado, hecho fuego, cocinado y empacado, ha escogido flores y palitos de incienso, alistó velas y frutas, ha meditado internamente sobre el ritual, pero ahora que ha llegado el Día de los Muertos, el minibús llega tarde. Taita se mantiene sereno, incluso después en el camino al cementerio de Calderón encuentra tiempo para hacer bromas – Sami lo ve con complacencia.

Pero apenas que Taita baja del bus, se hace evidente que es poco el tiempo que queda. La ceremonia debe comenzar antes de que el sol aparezca en el horizonte. “Necesitamos la azada”, dice el hombre, exigiendo que el agujero para el mástil de madera con la bandera de Wilphala sea al menos de un brazo de profundidad. Cuando uno de los ayudantes comienza a cavar la tierra, el Taita le da una palmadita en el hombro. “Necesitamos una persona con experiencia”, dice sonriente, “quiero que el mástil se sostenga”. El ayudante sonríe también y deja la labor a un colega. Como muchos de los presentes anoche apenas durmieron…

Muros altos en lugar de vacas pastando 

El 2 de noviembre, como en otros lugares del mundo, en Ecuador es el Día de los Muertos. Se celebra en todo el país, especialmente en los Andes, como aquí en Calderón, un pueblo al norte de Quito que ha sido consumido por la Capital Ecuatoriana en las últimas dos décadas. En el siglo pasado los campesinos pastaban vacas y sembraban patatas, ahora hay gasolineras, aparcamientos y demasiados muros que los vecinos han construido por miedo. También hay muros en la calle del Taita, pero el acceso a su casa, una casa de campo espaciosa con chimenea y muebles de mimbre, está abierto. Igual que el propio anfitrión.

El nombre completo del Taita -en kichwa sinónimo de padre- es Jaime Lincango Yachac Pilatuña. El es padre de cuatro hijos, uno de ellos es Sami, y abuelo de cinco nietos. Teje sillas y sofás de mimbre, que visten toda su casa, y habla Español, inglés y kichwa, el idioma de sus antepasados. Creció entre dos mundos, dice este hombre de 62 años: el mundo Kichwa de sus abuelos y el mundo Cristiano de sus padres. “Pero eso fue por imposición”.

En realidad Jaime Pilatuña no podía identificarse con las enseñanzas de la Fe de Occidente: demasiados mitos, demasiadas jerarquías, muy poca vida. Fue unas de las razones por las que, en algún momento, comenzó a buscar sus propias raíces. Quiso saber cómo era en el pasado cuando Calderón todavía respondía al nombre de Ñaupa Carapungo Llacta y sus habitantes, los Kitu Karas, no podían ser sedados con productos farmacéuticos occidentales. Así que Jaime comenzó a estudiar la medicina de sus ancestros indígenas, conoció sus ritos y los ha estado practicando él mismo desde 1996.

Uno de ellos se celebra hoy, dos de noviembre.

Últimas indicaciones antes que amanezca el Taita Sol: Taita Pilatuña (en blanco) juntos con sus ayudantes, preparando las ofrendas en el cementerio de Calderón, en las afueras de Quito.                              FOTO: mutantia.ch

Son las 5.30 de la mañana en el cementerio. El Taita ha pedido a las mujeres que extiendan la alfombra de ofrendas, mientras tanto, el horizonte se ilumina cada vez más: sobre la tierra enormes hojas de Atsera, luego las hierbas dulces y flores, rojas por donde sale el sol, negras por donde se esconde, amarillas hacia el sur y blancas hacia el norte. Además los pétalos de rosa y el enorme cuerno de caracola marina, que encontrará su lugar en el centro de las ofrendas. Finalmente, los ayudantes ponen plátanos, mandarinas, melones y piñas.

Poco después de las seis el grupo se coloca en un semicírculo abierto, mirando al este, alrededor de las ofrendas y del mástil con la Wilphala: a la izquierda las mujeres, a la derecha los hombres. “Sacar fotos en este momento no es importante”, dice el Taita, mejor conectar la conciencia al ritual. Luego el Taita pide a seis autoridades que se ubiquen en la primera fila. Son representantes de la comunidad, del cementerio, de la policía, de la organización y uno de cada género. Ellos serán responsables de encender juntos el fuego sagrado.

“Me siento honrado”, dice el Taita y mira al grupo, “de que me hayan permitido tener este papel”. Con agrado se da cuenta de que Taita Inti -el Padre Sol- en cualquier momento aparecerá en el horizonte. Los mortales apenas han logrado iniciar el ritual de los Ayas a tiempo. La ronda se ha quedado en silencio. Sólo se oyen las turbinas de un avión que despega del aeropuerto vecino.

El blanqueamiento de los Europeos

Anteriormente, o sea antes de 1492, los jefes de las tribus fueron embalsamados después de su muerte,  desenterrados de nuevo por el Día de los Muertos, y en homenaje, llevados a través de la aldea. Mientras este ritual continúa en países como Indonesia o Madagascar, los españoles lo han prohibido después de su llegada a América Latina. Pero al igual que gran parte de lo que las casas reales europeas rechazaban de las culturas locales -especialmente cuando se trataba de rituales- se vive igual, pero en forma diferente. En el caso del Día de los Muertos, los Kitu Karas ya no desentierran a las momias, hoy en día hornean una masa dulce con forma de persona, llamadas guaguas, y las comparten al lado de la tumba del difunto. También se prepara colada de maíz negro, con hierbas y frutas, llamada yanapi y la comida favorita de los difuntos que se van a visitar.

Sin embargo, después del ritual Huanlla Carana Andrés Andrango, un robusto pensionista de Calderón, mirará con melancolía al pasado, y en su discurso sobre la cosmovisión de los Kitu Karas afirmará que los lugareños han sido absorbidos por el cemento de la Capital y que hoy en día no hay más bosques de los que se pueda cortar leña. También menciona la violencia silenciosa en forma de colonización continua que todavía caracteriza a América Latina y a sus habitantes en la actualidad. O como lo expresa Andrango: el blanquemiento de la cultura local. “Hoy en día, ni siquiera nuestros propios compañeros se identifican con nuestra  cultura”, dice el hombre con cierto desamparo. Por supuesto, seguirán luchando por la autodeterminación. “Pero primero, debemos aprender a hablar nuestro propio idioma: el Kichwa.”

Taita comienza el ritual en Kichwa, pero poco después continúa principalmente en español. De otra manera la mayoría de los presentes no entenderían nada. Pero desde el momento en que nos tomamos de la mano, la lengua hablada ya no juega un papel importante. La conexión entre los mortales ahora existe a través de los cuerpos. Y aquellos que ya no lo tienen, los Ayas, pueden confiar en que cualquier perturbación en el pensamiento o sentimiento del individuo será equilibrada por el poder de la comunidad.

Todos estuvieron aquí una vez y ahora son llamados por sus nombres, por aquellos que siguen pisando esta tierra: tío Juan y Rodrigo, tía Andrea, María, Fabienne y tía Inés, Antawara, sobrina Marta, abuela Annamarie y abuela Teresa, Eugenia, Ana, tío José, Rosita, Elegida, Flor e hijo Sami – Jatun Mushuc Sami Pilatuña. Días, semanas, meses o años atrás dejaron sus cuerpos y a sus seres queridos atrás, rápidos o lentos, sufriendo o con una sonrisa en los labios. Como en muchas otras culturas, la creencia de que la vida continúa después de la muerte está firmemente anclada en los Kitu Karas.

“¿Qué quieren para el reencuentro con sus Ayas?”, pregunta el Taita y comienza de nuevo con las mujeres: paz, amor, comprensión, salud, felicidad, unión, afecto, equilibrio, encuentro, espiritualidad, sabiduría, memoria, armonía, conocimiento, perdón, alegría.

La víspera del Día de los Muertos frente a la chimenea calentita: El Yanapi (Colada Morada) se esta cocinando con los pancitos sobre el fuego.                                                                                                           FOTO: Grupo de Ancestralidad

Luego pide a las autoridades que distribuyan velas y que se acerquen a la alfombra de ofrendas para encender el fuego. La luz que luego se pasa de una vela a otra debe provenir de la misma llama. Entonces nos giramos al este y al oeste, al norte y al sur, llevamos la oración al cielo y a la tierra, a nuestras frentes y a nuestros pechos. Saludamos a las montañas y a los ríos.

Quito y su cemento parece en este momento tan lejano como España y la Iglesia Católica hace seiscientos años. Hoy no hay nadie para mutilar o prohibir el ritual. Unas horas más tarde se celebrará una misa católica y el triple de personas estarán presentes en el cementerio de Calderón. Pero el Taita y sus ayudantes pudieron revivir una vez más el ritual de sus antepasados. Llamaron a sus Ayas, se tomaron de las manos como hermanos, pisaron con los pies desnudos la fría tierra mañanera y se catapultaron a un espacio sin tiempo ni cemento.

Por lo menos hasta las siete treinta de la mañana.

Autor: Romano Paganini

Foto principal: Por cada dirección un color: Ofrendas para el Día de los Muertos en el cementerio de Calderón, Ecuador. (mutantia.ch)