Trashumantes, personas que rompen límites 

La migración humana es tan antigua como la historia de la humanidad. Ni leyes, pandemias u otros acontecimientos e instancias van a poder impedir nuestros movimientos y migraciones. Porque irse de un lugar a otro es un derecho universal. Una petición para la trashumancia.   

13 de octubre de 2021, Quito, Ecuador. – Todas y todos somos ilegales. Este slogan sirvió a la izquierda europea, a principios del siglo XXI para solidarizarse con las y los refugiados, que llegaron sin pasaporte al continente. Somos illegales, en casi todo el mundo, se le podría agregar porque después de tres meses en un país ajeno, al natal y sin haber conseguido los papeles y sellos necesarios nos convertimos automáticamente en ilegales. “Ilegales”, vale la precisión, según los Estados Nacionales que impusieron esta regla. 

Nada de que l@s human@s “estén iguales frente a la ley” como soñó el filósofo francés Voltaire (1694-1778). Nada de que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y (…) deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”, como anuncia el Artículo 1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU de 1948. Tampoco nada de “la libre movilidad de todos los habitantes del planeta y el progresivo fin de la condición de extranjero como elemento transformador de las relaciones desiguales entre los países, especialmente Norte-Sur“, como proclama la Constitución ecuatoriana de 2008. 

La persona que quiere radicarse en otro país, y ser reconocida por el Estado, tiene que luchar con la institucionalidad pública, cumplir un sinnúmero de requisitos y tener una billetera llena porque cada visa tiene su costo. De hecho, en Ecuador los costos para conseguir una visa de trabajo, de profesional o de voluntari@ son los más altos en toda América Latina. 

En el mundo, las personas que no tienen estos requisitos se quedan viviendo clandestinamente en el país. No importa sexo, edad, religión o etnia. Son les San-Papiers, die Papierlosen, the paperless, los sin papeles. No pueden abrir una cuenta bancaria, firmar contratos, hacer compras que van más allá de la comida o trabajar. Y si lo hacen, se les explota aún más. 

Si salen del barrio en donde se han refugiado, corren el riesgo de ser capturad@ y deportad@ por la policía. A estas personas no se las considera como ciudadanas, por lo tanto no tienen derechos. Son parte del creciente grupo de los nadies, a l@s que el escritor uruguayo Eduardo Galeano (1940-2015) les remitió un poema: 

“(…) Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. 

Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos. (…)  

Que no son seres humanos, sino recursos humanos. 

Que no tienen cara, sino brazos. 

Que no tienen nombre, sino número. 

Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica Roja de la prensa local. 

Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.

 

* * *

* * *

 

Las y los nadies ni aparecen en las estadísticas, a pesar de ser 272 millones de personas, que según datos de la ONU del 2019 están en situación de migración a nivel mundial. La mayoría de ell@s ha tenido que irse de su lugar de nacimiento por guerras, persecución, desplazamientos forzosos, crisis económicas, hambre o todo junto. Otros, en cambio, una minoría del Norte Global, dejó sus países por el anhelo de vivir más en contacto con la Tierra, menos ligado a las obligaciones del sistema imperante y por lo tanto más libre.

Las razones para migrar son múltiples, igual que las historias que cuenta cada un@ que se radicó en otro lugar. Son historias de coraje, de sacrificio y de fuerza, pero también de sudor, de lágrimas y de desesperación. Son historias que las vamos a contar a partir de hoy en nuestra serie “Trashumante“. Las personas que toman la palabra son de Cuba, de Suiza, de Colombia, de Argentina, de Estados Unidos y de Venezuela. Los colores de sus pasaportes, de su forma de vivir y de sus realidades son diferentes. Lo que les une es el hecho de haberse radicado en Ecuador. 

Durante los próximos dos meses ell@s muestran los lugares donde nacieron, cuentan las razones por las cuales migraron y también relatan las dificultades y las cosas buenas por haberse radicado en el país andino. Estamos convencid@s de que solo escuchando y viendo las historias de las y los Trashumantes se puede ir llenando la brecha del racismo, abierta durante décadas y siglos.  

 

“En esa misma búsqueda estamos también nosotr@s, l@s human@s.
Buscamos un lugar para pertenecer, para sentirnos segur@s, para vivir.” 

 

¿Por qué transhumante? Para dar respuesta a esta pregunta regresamos a la historia, antes de la Revolución Industrial donde la migración fue lenta. Se migró durante semanas, meses, años, quizá con una mula, una llama o un caballo. Y por más que hoy en día existen carros, trenes o aviones, la mayoría de l@s migrantes siguen en el ritmo de siempre: lento. No porque quieran, sino porque no tienen otras posibilidades. Muchas veces ni siquiera tienen para pagar al coyote para salir de su país. Si lo logran igual -a pesar de la Policía, los militares y la mafia fronteriza- es probable que l@s administradores del otro país, una vez descubiertos, les deporten al lugar de partida. 

Ahí entra la trashumancia, un término que nos permite llevar el debate sobre la migración a otros puertos. Trashumancia tiene su origen en la ganadería y describe un tipo de pastoreo. En el pastoreo los animales se mueven de un lado a otro y se adaptan al nuevo espacio, a un nuevo clima, a nuevas circunstancias. Las fronteras son naturales, marcadas por ríos, mares o montañas. Quiere decir, las vacas y las ovejas están, donde hay pasto y donde el entorno les permite vivir.  

En esa misma búsqueda estamos también nosotr@s, l@s human@s. Buscamos un lugar para pertenecer, para sentirnos segur@s, para vivir. Es lo mismo que buscaron l@s europeos durante las diferentes guerras, l@s ecuatorian@s durante la dolarización o l@s venezolan@s actualmente. Ell@s trashumanecieron para vivir dignamente, aunque les dolió dejar su Tierra natal. 

La trashumancia es un derecho, no solamente para l@s 272 millones de migrantes, que aparecen en las estadísticas. También es un derecho para todas y todos las y los nadies en el mundo: los millones de personas que habitan en las periferias anónimas de las grandes ciudades. L@s trabajadores explotad@s de China, África y América Latina. L@s miles sin techo en Estados Unidos, y otr@s miles en Europa, que debido a la crisis mundial han perdido sus vidas dignas.

* * *

* * *

 

En el año 2019, el flujo migratorio en Ecuador era de casi 3.058.221 millones de personas, es decir esta cantidad de personas entró al país. La mayoría provenía de Venezuela (509.285); Estados Unidos (403.364); de Colombia (310.858); de Perú (144.891); y de España (120.133). Gran parte de ell@s salieron de nuevo del país. Quienes se quedaron en dicho año fueron 103.084 personas de los cinco países. Es casi la misma cantidad que el número de ecuatorian@s que en 2020 se quedaron a residir en otro país. Ecuador no es solo un país de inmigración sino también de emigración. Y lo va a seguir siendo, igual que otros lugares en el mundo, más aún, en vista de los millones de personas que durante las próximas décadas se van a tener que desplazar por los efectos del cambio climático.

El derecho a la libre movilización en el Ecuador está garantizado al menos en la norma. La Ley de Movilidad Humana, reconoce el derecho a la ciudadanía universal, que es “el reconocimiento de la potestad del ser humano para movilizarse libremente por todo el planeta. Implica la portabilidad de sus derechos humanos independientemente de su condición migratoria, nacionalidad y lugar de origen”. En esa misma norma se prohíbe la devolución o expulsión masiva de personas. 

Sin embargo, esto no se cumple en el país. El colectivo Dejusticia denunció varios casos de expulsión de personas venezolanas en el 2019. Este caso ahora se encuentra bajo análisis de la Corte Constitucional. 

A quienes no se deporta, luchan día a día en la calle o en el lugar de trabajo contra el racismo y la xenofobia para que al final del día haya al menos un plato de arroz con huevo en la mesa. Ser migrante no es un privilegio, es un sacrificio.

* * *

* * *

 

La capacidad de acoger l@s seres de la misma especie caracteriza a nosotr@s human@s. Es una cualidad que vamos a necesitar para seguir construyendo comunidades. Es la empatía que nos hace humanos y quizá trashumantes. No nos dejamos limitar, conscientes de las olas migratorias que nos esperan por los diferentes cambios en el planeta, no solamente climáticos.

L@s que dejan sus Tierras de nacimiento no son ilegales. Son migrantes, son viajer@s de la vida, igual que nosotr@s. Necesitan ser reconocid@s como tal, sin que importen los requisitos de las Instituciones Estatales.

 

* * *

 

Texto: Mayra Caiza & Romano Paganini

Foto Principal: En el limbo entre dos Estados: un migrante en el puente Rumichaca que divide lo que se conoce como Ecuador y Colombia. (Ramiro Aguilar Villamarin, 2019)

Edición y producción: Belén Cevallos & Romano Paganini

Infografías: Mayra Caiza (investigación) & María Caridad Villacís (diseño) 

Web y Redes Digitales: María Caridad Villacís & Victoria Jaramillo